Durante la Primera Guerra Mundial el fisioterapeuta alemán Joseph Pilates ideó una serie de ejercicios lentos y controlados para rehabilitar a soldados lesionados. Cuando fue hecho prisionero, él mismo confió en su método gimnástico, que a lo largo del tiempo completó con 500 ejercicios que combinaban fuerza, resistencia y flexibilidad además de control mental. Pasados los años, sus tablas gimnásticas, acompañadas de pautas psíquicas, fueron aplicadas en el entrenamiento de atletas, especialmente en el de aquellos cuyas lesiones se localizaban en la espalda y cuya moral debía ser curada a la vez que las vértebras. Y a finales del siglo XX el método Pilates saltó a la fama entre modelos, actrices y cantantes. A pesar de su halo de glamour, revistas científicas de primer orden lo avalan como una opción aconsejable para quienes buscan alternativas en el ejercicio preventivo
El entrenamiento requiere una profunda concentración que ayuda a tomar conciencia del propio cuerpo, de su funcionamiento y debilidades, para aumentar el autocontrol y el cuidado del físico. Son también indispensables los ejercicios respiratorios, pues con ellos se equilibra el esfuerzo y la relajación. Pilates mantenía que en diez sesiones se siente la diferencia, en veinte sesiones se ve la diferencia y en treinta sesiones habrá cambiado el cuerpo. Sea como fuere, en el fondo esconde una educación corporal que no sólo persigue trabajar los músculos superficiales, sino que aspira a alcanzar la musculatura profunda.
Los movimientos están basados en seis principios: concentración, control, centralización, fluidez de movimiento, precisión y respiración. Todo ello busca activar el sistema sanguíneo y el linfático, estirando cada músculo y tendón para lubricar el cuerpo obedeciendo a una tabla de ejercicios mientras se controla la respiración. Su práctica aumenta el control, la fuerza y la flexibilidad del cuerpo, respetando las articulaciones y la espalda.